domingo, 22 de julio de 2018

¿CUÁL ES NUESTRO ESTILO EN LA EXPRESIÓN IDIOMÁTICA?


Anotaciones sobre el estilo

Autor: Lucila González de Chaves
22 julio de 2018 - 06:00 AM

Podemos escribir de diferentes maneras, pero no de cualquier manera.

Medellín
Diferenciemos dos conceptos: la estilística y el estilo. La primera es la ciencia de los estilos. Hoy, la estilística ha adquirido gran importancia porque relaciona el lenguaje con la psicología, ya que los estados de ánimo sugieren diversas fórmulas expresivas. A partir del análisis lingüístico realizado a un texto, se pasa al comentario de texto y se entra así en el campo de la estilística. No se puede trazar una línea divisoria fija entre el análisis lingüístico y el estilístico, puesto que el segundo tiene como soporte los datos dados por el primero.
En cuanto al segundo, la palabra ‘estilo’ viene del latín stilus, un instrumento usado para escribir en tablillas enceradas. Este estilete o estilo consistía en un pedazo de metal o hueso, uno de cuyos extremos era una aguda punta para trazar las letras; en el otro había un tope o superficie plana para extender la cera y borrar lo escrito. El que usaba ese instrumento con firmeza era un buen estilista. En tiempos de Platón los críticos consideraban el estilo como la cualidad más destacada de una expresión determinada. De acuerdo con ello, había obras que tenían estilo; otras carecían de él. En la época de Aristóteles, los estudiosos consideraban que el estilo era siempre una cualidad propia de toda expresión, y había estilo superior o inferior, estilo fuerte o débil, estilo bueno o malo, etc. Séneca afirmó: “el estilo es el rostro del alma; tal es el estilo en los hombres como en su vida”.
Para tener buen estilo son necesarios el buen gusto, cultura humanística y sensibilidad. El moderno crítico peruano Luis Alberto Sánchez en su libro:
 Breve tratado de literatura general y notas sobre la literatura nueva. Nuevos capítulos sobre el futurismo, el surrealismo, el existencialismo, la literatura libre y la literatura comprometida,
afirmaba que: “no es escritor todo el que escribe; ni siquiera el que escribe correctamente. Es escritor el que realiza la belleza por medio del lenguaje escrito, y para ello necesita tener su propio modo de ver el mundo, es decir, su estilo”. Y agregaba que frente a una producción literaria, según el ‘qué’, el ‘para qué’ y el ‘cómo’ la obra fue escrita, se puede hacer la siguiente clasificación del estilo:

Estilo amplio

Realiza períodos amplios y largos en la expresión de la idea. Es lento y solemne; poco usado hoy, a causa de la velocidad de nuestro tiempo. Ejemplo:
“El río Bogotá, después de haber recorrido con paso lento y perezoso la espaciosa llanura de su nombre, vuelve de repente su curso hacia Occidente y comienza a atravesar por entre el cordón de montañas que están al Suroeste de Santafé. Aquí, dejando esa lentitud melancólica, acelera su paso, forma alas, murmullos, espumas; rodando sobre un plano inclinado, aumenta por momentos su velocidad...” (Francisco José de Caldas).

Estilo cortado

Se caracteriza por la frecuencia del punto y seguido y de los verbos que dan un ritmo acelerado a la expresión. Es un estilo propio de nuestro tiempo. Ejemplo:

“Aquí estoy en una esquina cualquiera. No importa. Vivo. Vengo de una noche lejana, superada victoriosamente. No me siento cansado. Por el contrario, pleno, rezumando vida por los poros. Como acabado de hacer. Huelo a dril nuevo. A pan salido del horno. La tela de mi piel, templada. Tersa” (Alfonso Bonilla Naar).

Estilo directo

Escribir en estilo directo es hacer ver que lo que importa es lo que se pone en el texto. Lo que se ve es lo que se quiere narrar, describir o fijar en la imaginación. Su campo de aplicación más amplio es aquel en que hay diálogo, o cuando se reproduce lo que ha dicho alguien; el escritor les cede la palabra a los personajes. En este estilo no hay conjunciones que liguen la cita al verbo declarativo; se escriben dos puntos y se entrecomilla la cita. Ejemplo:

Al estudiar los aspectos diversos sobre estilística y crítica, nos encontramos con el pensamiento de Joseph Shipley: “Así como no todo el que lee es lector, no todo lector tiene una ancha sensibilidad receptora. Por ello surge el crítico, que es un lector excepcional, capacitado para una intensa expresión de lo intuido. Las facultades del crítico deben ser: profunda y amplia intuición receptiva como lector, y poderosa intuición expresiva, como transmisor”.

Estilo indirecto

El escritor, en nombre propio, informa al lector de lo que dicen los personajes. Es él quien refiere o cuenta lo dicho por otros.

Ejemplo: Dámaso Alonso, poeta y crítico español, nos recuerda que las obras literarias casi siempre tienen un destinatario inocente y muy interesante que es el lector.

Estilo florido

Se recarga de adjetivos, llamados en estilística ‘las flores de las literatura’ (de ahí su nombre). También se usa y se abusa de la imagen literaria. Es un estilo barroco, a veces, “empalagoso” por el exceso de adornos; ejemplo:

“El mar, viejo barítono, ocultaba en su verdeamarillo chaleco de fantasía la moneda de sol, jornal de un día de trémolos guturales. Los buzos, esos esgrimistas con cámara lenta, dejan a bordo su personalidad” (Gilberto Owen).

Estilo humorístico

Es muy diverso; en él se mezclan lo jocoso y lo cómico con lo patético. Lo humorístico hace sonreír dolorosamente. De este estilo siempre será un glorioso ejemplo la obra de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. En Colombia no ha sido muy cultivado el estilo humorístico porque desconocemos la sabiduría de saber mezclar con estilo y belleza sus componentes. Entre los contados autores de estilo humorístico está el poeta cartagenero Luis Carlos López. No pertenecen a este estilo las obras que utilizan ironías, sarcasmos, burlas.


Estilo jocoso

En cambio, lo jocoso inspira una risa franca y desinteresada, no mezcla para nada el sentimiento como lo hace el humorístico. Es más frecuente el escritor de estilo jocoso que solo distrae, busca alegrar. Ejemplo:

“El personaje era de una delgadez que daba escalofríos, y hubiese sido más alto si el busto no se hubiera curvado bajo la nuca, formando una joroba, de la cual parecía salir el cuello, como el de un pollo desplumado, con una gran nuez que le iba arriba y abajo” (Luigui Pirandello).

Estilo lírico

Es subjetivo. Ahonda en lo profundo de cada ser y expresa los estados de alma del escritor. La mayoría de las veces utiliza las figuras o imágenes literarias. En prosa, son modelo de este estilo las obras: Platero y yo del español Juan Ramón Jiménez, y La luna nueva y El jardinero, de Rabindranath Tagore.

El estilo lírico tiene su plena aplicación en las composiciones poéticas, cuando ellas no son de corte analítico o filosófico, ejemplo:
Soneto a Mozart
Dame asilo en tu reino compasivo,
Príncipe de cristal y de azucena,
Pues vengo fatigado y tengo pena,
Porque soy de la tierra y estoy vivo.

Hazme un sitio de paz en la serena
Soledad de tu mundo sensitivo
Para olvidar que el tiempo  fugitivo
Todavía me agobia y me encadena.

Déjame descansar con toda el alma
Desvanecida en luminosa calma
Junto al río de amor de tu armonía,

Escuchando el afán del agua pura
Por infundirle voz a mi alegría
Y silencio sin fin a mi amargura.
(Francisco Luis Bernárdez)

Estilo patético

Es el que conmueve. Se dirige a los sentimientos. Casi todas las obras románticas están escritas en este estilo. Pero también las obras que poseen el llamado naturalismo, son patéticas, violentan los sentimientos por la crudeza de comportamientos y acontecimientos. La obra Vorágine de José E. Rivera, al referirse a los caucheros, al describir el asesinato y en muchos otros aspectos es patética.


Estilo pintoresco

Impresiona la imaginación. Hay que “pintar” con palabras lo que se quiere decir, y para conseguir esta viveza descriptiva se utiliza lo que se ha llamado en literatura el ‘detalle descriptivo’, ejemplo:

“Cantó un gallo. Era el mismo de todos los días: un gallo arrogante, de plumaje dorado, cuello erguido, grandes espolones y con una gran cresta roja”.


Cualidades del buen estilo

Claridad. Pensamiento diáfano, conceptos bien planeados, exposición limpia.

Concisión. Precisión para evitar la redundancia. Conciso no quiere decir lacónico sino denso, que es el estilo en que cada frase y cada palabra están plenas de sentido. De lo contrario, hay vaguedad, imprecisión y retórica.
Sencillez. Huir de lo artificioso, de lo complicado para evitar caer en la expresión barroca.
Naturalidad. “Expresar, decir naturalmente lo natural”, como pide el crítico Martín Vivaldi. Lo natural es lo contrario de lo artificioso, de lo ampuloso, formas abominables en los escritos.
Unidad. Todas las partes de un escrito deben estar tan estrechamente ligadas entre sí, que todas se refieran al pensamiento dominante.
Variedad en las palabras. Cuando ellas se enlazan felizmente, emerge la armonía. Deben estar vivificadas por lo que hay que decir; no abusar de ellas para hacer falsas literaturas, fastidiosas e incansables introducciones, melindrosos juegos verbales sin ingenio, etc.
Originalidad. Radica, de modo casi exclusivo, en la sinceridad. Empezar por ser sinceros es ya ser originales: Huir de las expresiones banales, de las frases hechas, de los rellenos, de las expresiones caracoleantes.


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