jueves, 23 de julio de 2020

LA SOLIDARIDAD, MANDAMIENTO DE AMOR



El excelentísimo señor Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Medellín ha tenido la gentileza de regalarme su último escrito, y con su venia lo traigo  a mi blog porque  es interesante, doctrinal y de permanente actualidad:



LA SOLIDARIDAD, UN MANDAMIENTO  DE AMOR

  José Mauricio Vélez García
Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Medellín.


En nuestra Arquidiócesis de Medellín, nuestro Arzobispo, Monseñor Ricardo Tobón Restrepo, preocupado por la situación que nos está deparando esta emergencia sanitaria, nos pidió liderar una comisión encargada de velar por el cuidado de los sacerdotes, hacer presencia frente a todas aquellas necesidades básicas y trabajar con fervor y fraternidad para que ellos puedan seguir manteniendo su dignidad, desarrollo y bienestar.
La Comisión Coordinadora de la Solidaridad, recogiendo las necesidades de los sacerdotes y ayudándose de los aportes recibidos de la empresa privada, los estamentos eclesiásticos y personas benefactoras, quiere llegar a cada parroquia, y en particular, a las más necesitadas, dándoles una ayuda en especies, que les permita continuar su obra pastoral.
Hay cuatro principios fundamentales de la doctrina social católica que deben iluminar nuestro ineludible compromiso con los demás: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 160-163).
La solidaridad es un valor relacional donde confluyen pensamientos, palabras y acciones y facilita la comunicación con los demás, sin hacer acepción de personas. Ser solidario significa pensar en el otro y darle la posibilidad de restablecer su dignidad humana y alcanzar el gozo, gracias a la estabilidad, la seguridad y el bienestar que experimenta. Quien es solidario vence su propio egoísmo, vivifica la libertad, enfoca la igualdad, genera espacios de estabilidad, trabaja por el bien común y a partir de la subsidiariedad, da tranquilidad a los demás.
Ser solidario implica, en la libertad, asumir un reto que genera puentes hacia la integración, superando el aislamiento, el egoísmo, la comodidad y hasta la misma indiferencia, que se torna en el cáncer de la solidaridad. Lo más maravilloso de pensar en el hermano, es que no necesitamos estar mejor que los demás o tener más que los otros; solo  exige pensar en lo que el hombre es, en lo que representa en una sociedad y la necesidad que tiene, por naturaleza, de estar bien y nutrirse de un mundo justo donde sea posible el orden, la justicia, el bien, el desarrollo, la fraternidad, el amor y la paz. Quien se esmera por ser solidario, abre su mente al amor, a la justicia, al desarrollo y al bien común, entrando así en un estado de trascendencia donde todo repercute en el bien propio y el de los demás. La persona solidaria se ayuda a sí misma y le permite a los demás sentirse sociedad.
La solidaridad dota al hombre de unas dimensiones comunitarias, de un espíritu cívico y de un ambiente fraterno, que le dan sentido a su existencia y le permite levantar la bandera de los derechos humanos, y a su vez, de los deberes que se nos exigen, los cuales terminan enriqueciendo el desarrollo de la moralidad, es decir, las sanas costumbres. Encontramos en el libro de los Hebreos (16, 13) un mensaje que exalta esta realidad: “No se olviden de compartir y hacer el bien, pues tales sacrificios son los que agradan a Dios”.
Establezcamos puentes de solidaridad que nos permitan acrecentar el amor, ayudar a ser comunidad, a trabajar por la unidad para rescatar el valor de la sociabilidad, hacer un uso correcto de los bienes, y, a partir de una ayuda mutua, comprender que el verdadero sentido del hombre está en descubrir que mi vida tiene razón de ser, cuando soy capaz de vivir para el otro.
San Pablo nos exhorta a ser éticos y solidarios, cuando dice: “Por lo demás, hermanos, fíjense en todo lo que encuentren de verdadero, noble, justo, limpio; en todo lo que es fraternal y hermoso; en todos los valores morales que merecen alabanza. Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.” (Filipenses 4, 8-9)



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