viernes, 7 de diciembre de 2012






EL DISCURRIR PEDAGÓGICO AYER Y HOY EN EL CAMPO DE LA LECTURA


Soy una maestra de ayer y de hoy; por tanto, puedo dar testimonio del acontecer pedagógico de ayer y de las exigencias metodológicas de hoy. En ambos tiempos encuentro invaluables recursos humanos y materiales que nos han permitido llevar al éxito la más bella “obra de misericordia elevada a la categoría de ciencia: enseñar”.
Creo que del ayer hay que rescatar muchos parámetros educacionales que sirven, tanto a maestros como a alumnos. Y del quehacer educativo de hoy, podemos resaltar muchos aspectos que son trascendentes, y que en lugar de permitir que cada ministro de educación llegue a presidir nuestra labor borrando, sin discriminación, lo bueno que muchas veces surge, debemos exigir que ello permanezca, porque el compromiso es, además de enriquecer, ampliar, aplicar y descubrir otros rumbos, otras formas, dar continuidad a todo lo que de excelente tiene y ha tenido la educación en Colombia.
Para tratar de tender un puente entre el ayer y el hoy, he seleccionado el PROCESO LECTOR, porque leer es un quehacer de todos los tiempos y de todas las edades; porque la lectura tiene una doble función: la primera es la necesidad de aprender a leer; la segunda, es la de leer para aprender. A través de la historia de la humanidad, hemos visto que la lectura, como medio de comunicación, es el más personal y humano. Leemos para descubrir algo. Leer y pensar deben comenzar con un estado de duda o de deseo.
Ayer, la lectura era lenta. Se escogían páginas que estructuraran la personalidad, formaran el espíritu, dejaran mensajes de vida; obras que atrajeran al lector hacia hechos generosos y valientes, que le despertaran la decidida vocación de amar y servir y saber. En este contexto se inscribían las biografías de santos, héroes, sabios, artistas  y, en general, de hombres destacados en todos los campos. La lectura de ayer era una experiencia de vida, porque además de información daba formación, incentivos, creaba inquietudes y deparaba PLACER. Las modernas corrientes lingüísticas de Francia llaman esto “el placer del texto”.
Ayer, era una lectura del deleite, cuya comprensión tenía semejanza con el escuchar, pues era de carácter receptivo; los alumnos elaboraban sus conceptos de acuerdo con su personal visión, que era casi siempre la del sentir; y con expresar estos tópicos, el profesor estaba satisfecho de ellos. En el lenguaje de hoy, este acto lector se llamaría un análisis en sentido intencional; dicho de otro modo: un punto de vista connotativo.
Sin talleres especializados de comprensión de lectura, el maestro llevaba al alumno a descubrir que el autor  siempre busca quién reciba su mensaje, y el lector da afectividad y comprensión del texto. Casi siempre, los alumnos y el profesor se dedicaban a la parte fonética y al contenido formativo.
Hoy, el maestro comienza con pruebas para medir la habilidad de comprensión lectora, de complejidades ideológicas y lingüísticas progresivas; porque sabemos que leer no es verbalizar, ni fonetizar un idioma; LEER es pasar de los signos gráficos al pensamiento, y se necesita la competencia lingüística y el conocimiento de la sintaxis para poder organizar y comprender los párrafos.
Si la lectura, ayer, fue una experiencia de vida, hoy es una experiencia de aprendizaje, porque por la lectura cada uno se convierte en el sujeto de su propia educación, es el descubridor de sus posibilidades, y el seleccionador de su propio camino, como lo quiere la actual filosofía de la educación, y que no es más que lo que, hace ya más de treinta años, planteaba para Suramérica el ilustre brasileño Paulo Freire, cuando al condenar la “educación bancaria” y preconizar la educación liberadora, decía:

“Concientizándose, el individuo se inserta en la historia como sujeto. Luchemos por lograr que el educando reflexione sobre su propia realidad. La educación todavía permanece vertical. El maestro todavía es un ser superior que explica a ignorantes. Esto forma una conciencia bancaria. El alumno recibe pasivamente los conocimientos y es un depósito que hace el educador… El alumno pierde, así, su poder de crear, se hace menos hombre… El destino de cada uno debe ser crear y transformar el mundo siendo “sujeto” de su acción. (Obra: Cambio).
“ Nadie educa a nadie, nadie se educa solo; los hombres nos educamos  (nos liberamos) unos con otros, mediatizados por el mundo. (Obra: La educación como práctica de la libertad).

Digamos, pues, que ensayar, probar, descubrir, experimentar, aplicar, comparar son el verdadero aprendizaje, y como la lectura es la magia de pensar en grande, se constituye en el instrumento imprescindible del proceso enseñanza-aprendizaje.
Hay muchos profesores-puente entre el ayer y el hoy, que permiten a sus alumnos que al adquirir conocimientos mediante la lectura, tengan la posibilidad paralela de crecer en espíritu crítico y capacidad de gozar con la obra. Pero, hay otros muchos que seleccionan para el alumno lecturas que sólo informan, no forman, no conllevan placer, y menos aún, permiten la identificación lector-texto.
Hoy, la lectura interpretativa es aquella que localiza palabras importantes, ideas principales, descubre argumentos, asuntos, conflictos; precisa cuáles problemas resolvió el autor y cuáles no. Esta lectura de identificación se fusiona, a veces, con la evaluativa, y los profesores no caemos en la cuenta de que para hacer este juzgamiento es necesario que el alumno haya leído otros libros del mismo autor, o de otros autores, que sirvan de base para la comprensión; que debe suspenderse la crítica o el juicio cuando nos demos cuenta de que el alumno necesita otras lecturas u otras experiencias para poder comprender. Tengamos en cuenta los maestros de nuestra lengua castellana, que la lectura llega a un ser que tiene una base comprensiva en la cual debe insertarse. Como la base comprensiva de cada ser humano es distinta, tenemos que llegar a la conclusión de que la comprensión de una lectura nunca será igual en todos los lectores. Será diversa y subjetiva. Al buscar una comprensión objetiva del texto, nos vamos a encontrar con el problema de las variaciones de la base comprensiva de cada ser humano y con el diferente desarrollo de las categorías de la comunicación.
Otros factores que inciden en la comprensión lectora son: la edad, la familiaridad con la lengua del texto, el grado de escolaridad, el grupo socio-cultural al que el alumno pertenece, sus experiencias e intereses, su cociente intelectual. Como hoy hemos dejado de lado la fonética y el placer del texto, y hemos centrado nuestro objetivo en que los alumnos resuelvan rápida y satisfactoriamente los talleres de comprensión. Recordemos que si la lectura es un proceso de pensamiento, las preguntas deberán estimularlo y ordenarlo. Y si volvemos al ayer, rescatemos la estimulación de los aspectos afectivos y emotivos que la lectura del texto logre despertar.
Pienso, pues, que los talleres, las preguntas, deben moverse en las áreas cognoscitiva y afectiva. Permitir que el lector exprese libremente sus impresiones, es ayudar a los que aún no tienen su sensibilidad muy desarrollada. En la medida en que el maestro formule preguntas afectivas y compruebe su eficacia, tendremos lectores imaginativos y críticos que aprenderán para toda la vida el goce de la lectura.
Según el escritor español Pedro Salinas,  “en nuestros días, un monstruo: el dios de la cantidad, es el que nos ha llevado a creer que “más” equivale a “mejor”. Es tanta la avalancha de libros, que ya no se piensa en calidad sino en cantidad; por eso, hoy, nuestra vida consiste en aumentar y no en mejorar; en acrecentar y no en perfeccionar. Estamos extraviados entre los libros, o  sea, entre las ideas, las teorías, los poemas, las relaciones, todos los productos escritos, sabios o no, de la experiencia humana, de la cultura”. (Obra: El Defensor).
El escritor norteamericano Edgar Allan Poe escribía en su obra Marginalia este concepto: “La enorme multiplicación de libros de todas las ramas del conocimiento, es uno de los mayores males de nuestra época”.
Y es que el deseo de leerlo todo le está ganando la partida a las preferencias, y el gusto  -antes tan selectivo y definido-  va tomando otros rumbos. La disponibilidad de las horas se ve acorralada por tantos libros promocionados “agresivamente” (como dicen algunos) y… ¡tan mediocres algunos!   La gran literatura va siendo escamoteada y reemplazada por una serie de mixtificaciones que desnaturalizan la verdadera cultura.
Otro enemigo del mejorar por medio de la lectura, es la moda de la llamada “lectura rápida”. La lectura  -si es realmente lectura perfecta-  es un acto único, y el tiempo dedicado a ella varía de acuerdo con el modo de ser espiritual e intelectual del lector, las circunstancias y el tema de la lectura. Cito de nuevo al español Pedro Salinas: “…en muchos de mis amigos de alta marca intelectual, es cosa confesada que con el más y más leer se aprende a leer más despacio, no más a la carrera; y se disfruta de esa lentitud, por las delicias que deja”.
Debemos leer honda, fecunda y delicadamente. Recordemos las sabias palabras del también español Gregorio Martínez Sierra en su obra Tú eres la paz:  “Si lo que leemos no nos sirve para mejor vida, es preferible cerrar el libro y apagar la lámpara, porque el fruto de nuestra ciencia deber ser nuestra vida”.
Y como leer ya no es una lección de vida, se ha creado una pereza por la lectura, que se disfraza con la actitud de: ¡estoy tan ocupado!  El crítico Guillermo Díaz Plaja nos dice: “Leer es una devoción y una obligación… Leer es la más bella de las devociones… No tener tiempo, no es un pretexto para no leer… No tener dinero, tampoco… ¿De cuántas bibliotecas es usted asiduo?  ¿Utiliza el servicio de préstamo de alguna de ellas?...”.  “¿Es el deporte?....¿Es el cine?...¿Es la televisión, los que han terminado por arruinar, para la lectura, las últimas parcelas del espacio de tiempo que el hombre conserva para su edificación espiritual?”.
Excúsenme las citas, pero siento la necesidad de traer a este sagrado recinto del Paraninfo de la U. de A. un concepto del escritor Luis Enrique Pachón Fandiño en su obra ¡Promuévase usted mismo!:  “La educación pide que el hombre de hoy sea un hombre-radar, es decir, con antenas en acción, para captar nuevas oportunidades y orientaciones. Suscribirse a revistas, es el costo por estar al día. Invierta dos horas semanales para leer revistas profesionales, técnicas, de su oficio. Visite bibliotecas y librerías para conocer más producción literaria; para estudiar. Hoy, la educación no termina con un título: la educación debe ser permanente”.
Y para finalizar esta exposición, expreso que es importante leer despacio y asimilando conscientemente lo que Salinas opina en su inigualable obra Educar para leer y leer para educar, dice:  “Creer, hoy día, en alguna manera de educación que no sea la atlética (…) es cosa deslucida y que no se lleva en los círculos intelectuales elegantes. Allí, la moneda de más curso es la agudeza del ingenio, con su punta de desprecio ante todo lo que huela a educación. Y la única salida que los propios educadores tienen de hacerse perdonar que lo son, es burlarse, ellos también, de serlo. A esta situación no se ha llegado sin un porqué. Los maestros, y sobre  todo los maestros profesionales de los maestros, han cogido por su cuenta a la noble, a la hermosa figura de la educación, la han sometido a tales maltratos, deformaciones, embadurnes y pintarrajos, y han sobrepuesto a su habla natural una jerga técnica, tan cómicamente esotérica, que hoy ya no se la ve (a la educación) sino como espantajo y adefesio, que da risa o ganas de huirla. Y sin embargo, la educación, conforme a los que más entienden de estas cosas, es un hecho natural, una realidad que se impone al hombre, antes de que éste la convierta en un sistema reflexivo. La solución del gran drama está en la enseñanza de la lectura, en la formación del lector.
¿Por quién, y desde cuándo?  Por la escuela, y desde que se entra en contacto con las letras; en cuanto se empiezan a enseñar las letras. […]  No hay más tratamiento serio y radical que la restauración del aprendizaje del bien leer en la escuela. Y el bien leer se logra, no por misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al estudiante en contacto con los mejores profesores de lectura, y que no son otros que los buenos libros. El maestro, en esto de la lectura, ha de ser fiel y convencido mediador entre el estudiante y el texto. Porque todo escrito lleva su secreto consigo, dentro de él, no fuera de él, como algunos creen, y sólo se lo encuentra adentrándose en él y no andando por las ramas. Se aprende a leer leyendo buenas obras, inteligentemente dirigido en ellas, avanzando gradualmente por la difícil escala. Y al final de ella se alcanza la posesión de una inteligencia formada, de un gusto propio, de una consciencia de lector, personal y libre, que es el único órgano adecuado de selección atinada, en el mundo de los libros. Los dos problemas: el QUÉ leer y el CÓMO leer, van siempre resueltos juntamente en una buena educación. Se leen los clásicos, para cada edad el suyo; se leen los mejores libros, señalados no por fulano o zutano acorde con su capricho, sino por la tradición culta del mundo, con las variantes propias de cada país. Y se leen delicadamente aclarados, diariamente vividos, en la clase, año tras año, de suerte que el CÓMO leer se aprende sin saber cómo, al igual que el andar o el respirar, por natural ejercicio de la función. No de otro modo aprendieron a leer los grandes lectores de la humanidad, cuyos maestros de lectura no fueron, por cierto, manuales fáciles que quieren enseñar todo a la carrera, sino en despaciosa lectura, tras lenta lectura, en toda la vida.
Esta forma de enseñanza integral del leer podrá ser difícil, hoy, dado el bajo nivel a que han llegado los educadores, pero a ella hay que aspirar, cueste lo cueste, so pena de catástrofes que ya se anuncian. Un famoso maestro de letras de una universidad estadounidense expresó su fe en la enseñanza integral del leer con estas palabras: ´Creo que el Humanismo debía ser no decorativo adorno adquirido ya tarde en el proceso de la educación, sino más bien una cualidad que puede y debe condicionar toda la enseñanza, desde la primera lección de cartilla; su sello hay que empezar a imprimirlo con la primera lección`.  Esa educación presidida por una cualidad será el armamento para vencer al monstruo de la confusión cuantitativa”.

Lucila González de Chaves

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