sábado, 21 de julio de 2012

IDIOMA Y PERSONALIDAD


                                         IDIOMA Y PERSONALIDAD


                                                                        Lucila González de Chaves


El lenguaje no tiene una significación constante e invariable, por eso estamos todos, siempre, buscando un ideal de definición de conceptos y sentimientos.

Aun conociendo, o  mejor, distinguiendo los diferentes sentidos en que se puede emplear el idioma, es inevitable la confusión que ciertas palabras, algunos tonos de voz y determinadas construcciones sintácticas generan en el campo de la comunicación.

Recordemos que cuando nos escuchan, las personas atienden, en primer lugar, al giro de nuestras ideas y después al giro de nuestras frases. Si atendemos este principio, lograremos que él contribuya a hacer reconocibles ante los demás nuestros sentimientos y pensamientos: así, podrá decirse que poseemos la facultad de exponer lúcidamente, en forma oral o escrita, una secuencia de ideas y de sentires.

La limpidez de expresión de quien habla o de quien escribe nos impedirá perdernos en el camino hacia su discurso para comprenderlo. El lenguaje está en relación directa con un núcleo de experiencias intelectuales y emotivas que tienen sus patrones de comportamiento. Así van formándose los hábitos del lenguaje facilitadores de la libre expresión de percepciones y pensamientos.

Aunque el código lingüístico es el mismo para los millones de personas que hablan y escriben español, la construcción sintáctica y semántica, la intencionalidad de cada ser van creando modalidades de expresividad.

Veamos algunas: lo más valioso del lenguaje del sentimiento es que la expresión de él debe corresponder a un estilo individual. El idioma del amor y del perdón ejerce una articulada y dulce fascinación en los seres humanos; tiene la sugestión emotiva de las palabras, las que navegan en unos muy especiales modos tonales.

El lenguaje del odio es indócil a los postulados del corazón, a la suavidad de la palabra; en este caso, la palabra se convierte en arma peligrosa, en reto, en desafío, en insulto.

El idioma de la ciencia es peculiar en la exposición lúcida de razonamientos y experimentaciones, limpio de metáforas, connotaciones y demás elegancias literarias.

El idioma de la ignorancia y la superficialidad es, casi siempre, el de la ordinariez; es una catarata de palabras vacías que se precipitan unas sobre otras con el efecto consecuente de patanería.

El idioma que expresa bendición y ayuda es de una veloz y constante iluminación; es sereno, reflexivo, se remansa en la superioridad del espíritu.

El lenguaje del egoísmo y de la envidia es un triste y prolongado monólogo que atomiza el alma y el corazón; vuelve árida la comunicación fraterna.

El carácter vigoroso se trasluce en un lenguaje decisivo porque tiene su personal forma de ver y sentir; por eso es tan peculiar, en tonos de voz y en significados, la expresión de las personas muy definidas y selectivas.

La vanidad, el deseo de asombrar a los demás, la prepotencia, las falsas promesas hacen del lenguaje una forma de expresión grotesca, exagerada, caricaturesca, falsamente humorística. Quienes así hablan o escriben están privados de la savia que alimenta la verdadera emoción, del vigor del pensamiento original. El escritor francés Flaubert decía que el alma da el SER a las palabras.

Es un arduo goce el de obligar a las palabras a estar en su sitio exacto, comprometidas con toda la estructura semántica, sintáctica y estilística del discurso.

Concluimos, entonces, con el compromiso de que las palabras deben ser siempre UN TRIUNFO DEL IDIOMA en todos los campos.

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